loukamenguante

Sunday, March 22, 2009

TORTA REKAUCHÁ (escrita pal concurso de las Páginas Amarillas -me gané un dvd con pantalla-



¡ALUMINIO…ALUMINIO! Gritaban a coro los invitados, frenéticos al ritmo de “La vida es un carnaval” “y hay que vivirla…”, aconsejaba Celia. ¡Azúcar! ¡Azuquitaaaa….! Contestaban risueños otros. La fiesta ardía alargándose hasta altas horas de la noche. El ambiente alegre y mágico parecía impedir que los bailarines abandonaran la pista, y menos el lugar.

Ligerito comenzaron con las rondas, los puentes y los trencitos, donde algunos agarraban con fruición la cintura delantera imitando pasos de patos, saltos de mono y otras piruetas que precedían. Y fue, justamente, en una de las interminables peripecias del monito mayor que un bailarín subidito de copas, pasó a llevar la inestable mesita esquinera, donde se alzaba altiva la torta de novios que de un porrazo calló estruendosamente desarticulándose en el suelo.

“Yo dije que esa mesa no era firme”
“Yo dije, hace rato que se sacaran la foto con la torta…”
“Yo sabía que estos curaos dejarían la kagá”

Fueron algunos de los “yo dije” antes de que la novia entrara en crisis de llanto, mientras los invitados acomedidos se pusieran automáticamente de rodillas a juntar los trozos fragmentados en el suelo, tratando de salvar en algo la situación que a algunos causaba horror y a otros risa.


Por aquí y por allá, entre un chupeteo de dedos que no se entendía, armaron un cerro dulce que, más bien, parecía una torta post guerra. La novia seguía llorando y sonándose los mocos con la cola del vestido blanco, mientras el novio nervioso miraba para todos lados pensando en una posible solución. Fue entonces que vio, en otra mesita, de otro rincón, y descansando bajo el teléfono, el librito amarillo.
Lo buscó rápidamente, lo abrió, examinó la "p" de pastelería y encontró: “Pastelería de Emergencia”. Había un maestro de turno, quien dijo tener inmediata solución.
“Todo tiene arreglo…No tenemos tortas de novios a estas horas de la noche, pero sí un servicio rápido de reparación” -agregó en tono jocoso, lo que sacó un poco, al novio, del estado de irritación e impotencia en que se había sumido desde la tragedia.
Al poco rato llegó el maestro con un ayudante, ambos vestidos de blanco. Traían un carrito –parecido a un montacargas- y un maletín como de gasfiter. Y procedieron, ante el asombro de todos a sacar un taladro y asegurar con un tornillo una de las patas de la mesa a la pared. Luego con el carrito subieron el morro dulce a la mesa y procedieron a modelar, como quien esculpe arcilla y luego, a maquillar con betún de huevo. Flores y perlas, por aquí y por allá, dejaron bastante mirable el pastelito. Después preguntaron si necesitaban alguna leyenda.
“Que siga la fiesta” -gritó el novio- y en un abrir y cerrar de ojos, sacaron una herramienta que parecía jeringa llena de merengue de otro color y pusieron “Que siga la fiesta”. Entonces, riendo, la parejita tomó el cuchillo y procedió a hacer la pose. Esa como cortando la primera tajada para la foto de honor. Luego todos los invitados se pusieron a los lados, delante y en cuclillas bajo la mesita y posaron felices para la posteridad. Junto a los novios y junto a la torta resucitada.
Obviamente, siguió la fiesta con más merequetengue, aluminio y Azuquitaaaa que antes y por muchas, muchas horas. ¡¡Que siga la fiesta!! gritaba el novio cada cierto tiempo, sin perder de vista las amarillas, por si se necesitara alguna otra cosita.